La Cueva del Pindal se localiza en el cabo de San Emeterio, un privilegiado enclave natural y paisajístico de la comarca oriental de Asturias, en la localidad de Pimiango.
Su única entrada mira hacia el mar y conduce, tras un gran vestíbulo naturalmente iluminado, a una galería lineal en completa oscuridad. La primera mitad es amplia y de fácil recorrido y a lo largo de ella se reparten cinco conjuntos con pinturas y grabados rupestres. Estas cinco zonas se encuentran espacialmente bien diferenciadas en distintos sectores de la pared o del techo. Dos de ellas están en el lado izquierdo y tres en el derecho y todas, excepto una, se localizan al final de este gran corredor, a más de doscientos metros de la entrada.
El panel principal cuenta con la mayor agrupación de pinturas y grabados, formando una composición homogénea y ordenada. Está formado por numerosas figuras animales, que constituyen casi el 80% del total de zoomorfos presentes en la cueva, y también signos abstractos, organizados de forma individual o en conjunto, de formas simples (trazos lineales y puntos) y complejas (laciforme, escutiformes y claviformes). El resto de los paneles están formados por muchas menos figuras animales (entre una y tres), asociadas o no a series de puntos o de trazos lineales.
La especie más representada en el Pindal es el bisonte, seguido del caballo, aunque la más escenificada es la cierva y los más excepcionales el mamut y el pez.
Técnicamente predominan el pigmento rojo y el grabado, aunque existen también algunas representaciones en color negro. Las figuras o marcas de color rojo aparecen en las cinco zonas, mientras que el negro está fundamentalmente concentrado en una de ellas; el grabado se utiliza en tres.
El arte rupestre del Pindal se remonta probablemente a distintas fases del Paleolítico superior, siendo plenamente magdalenienses los signos claviformes, algunos bisontes rojos, todos los grabados y las pinturas negras. En cambio, los mamuts y la cierva presentan convencionalismos más antiguos, así como muchas de las marcas y signos rojos.
Cien años después de su descubrimiento en 1908, las pinturas y grabados de esta cueva fueron incluidos en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, formando parte de la declaración Cueva de Altamira y Arte Rupestre Paleolítico de la Región Cantábrica.
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